PUENTE ROMANO
Contaban los abuelos que antiguamente llovía mucho. Por eso, cuando a los pastores de Cerezal se les hacía de noche, no podían pasar por el Puente Romano.
Contaban los abuelos que antiguamente llovía mucho. Por eso, cuando a los pastores de Cerezal se les hacía de noche, no podían pasar por el Puente Romano.
Hace unos cuantos años, en la escuela las asignaturas que se impartían a las niñas no eran las mismas que para los niños. Estas son algunas de las que recibían las muchachas: Fisiología e Higiene, Historia Sagrada y Catecismo. El resto correspondía a multiplicar, leer…
En el pueblo de Cerezal de Peñahorcada recuerdan a Sebastián de la señora Petronilla por su frase. Cuando Sebastián, que era pastor, llegaba a casa a altas horas de la noche, se encontraba con sus hijos:
-Niños: “Padre, tiene que jugar a las cartas”.
-Pastor: “No, que la Petronila está en la cama y se le enfrían lo pies”.
Sí los niños seguían insistiendo, esto era lo que el padre les respondía: “Son las noches largas y somos muchos para dormir”.
Cuando había grandes crecidas en Cerezal de Peñahorcada, los vecinos que venían del mercado de la Vidola de vender ganado, no podían pasar por el Puente de Palo, ya que se encontraba totalmente cubierto por el agua. Es por ello, que en más de una ocasión se agarraban del rabo de algún novillo que no habían vendido en la feria, y así podían pasar al otro lado.
Comentan en el pueblo de Cerezal de Peñahorcada que en los días más fríos de invierno, hasta los lobos se metían en la lumbre.
En el año 1958 en el pueblo de Masueco echaron al cura Don Ángel, porque quiso quitar los carnavales, una fiesta muy importante para todos.
El cura, que era novato, acababa de llegar al pueblo, y desde un primer momento comenzó con prohibiciones, pero no hubo mayor problema hasta que tuvo la idea de eliminar la fiesta de los carnavales. Cuando llegó el tiempo de que los quintos preparasen el festejo, intentaron a toda costa poder realizar el baile de carnaval. Así, el día de la fiesta, moza que veían, moza que llevaban al baile.
Don Ángel al tener noticia de lo ocurrido, acudió a hablar con el alcalde para que no permitiera que la fiesta continuara. De esa manera, el señor alcalde se presentó en el lugar donde mozos y mozas bailaban muy alegremente. Se plantó enfrente del tamborilero, y sin ninguna contemplación le quitó el tamboril. Los jóvenes protestaban: “Otro alcalde, y al cura que lo capen”.
El hijo del médico le contó lo sucedido a su padre:
- Padre, mire lo que nos has ocurrido…
- ¿Dónde está el tamboril?
- Nos lo quitó el cura.
- Vais todos a por el tamboril, y si no os lo dan, le rompéis la cabeza que para eso yo soy el médico y se la arreglo.
Marcharon los jóvenes a la casa del cura, uno de ellos con un jarro para amenazar. Consiguieron el tamboril, pero el cura les negó la comunión. Dicen que en misa cuando el señor cura entraba todos se mantenían callados, pero en el momento del evangelio unos cuantos se salían a la calle.
Al poco tiempo de ocurrir ese suceso el obispo le llamó: “Vete urgentemente”. Al día siguiente se marchó, llegó un camión, y en él recogió todas sus pertenencias. Según comentan los vecinos tuvo que abandonar el pueblo a la fuerza. Aunque consiguieron echarlo, la pena que se les quedó es que consigo se llevó de criada una moza del pueblo.
En el 1958, Garciliano venía de la zona del Abanico de La Zarza de Pumareda de trabajar. Antiguamente en el pueblo de Masueco había unas cruces de piedra, y desde allí, cierto día, el señor cura, Don Ángel, levantando las manos, le hizo señal para que se parara. Y le dijo así: “Como tienes dos niños, yo tengo dos colchones y puedes coger uno”. Pues de esa manera hizo; amarró un colchón y marcho para casa.
A los quince días de aquello, en el mismo sitio que la anterior vez, el cura paró al Garciliano, y le dijo: “Seguramente se te ha olvidado que no me has pagado el colchón”. Lo que el cura le pedía eran 100 pesetas, y el hombre al mes tan solo ganaba 50 pesetas en el Abanico.
Regresó a casa con intención de devolverle el colchón, ya que no tenía intención ninguna de pagarle tal cantidad. Sin embargo, nuevamente por el “qué dirán”, acabó dándole la cantidad que le había solicitado, aun sabiendo que le había engañado.
En las huertas de Masueco, en una noche de verano, un hombre que se encontraba vigilando para salvaguardar las sus hortalizas, sin poder resistirse, los parpados cada vez le iban pesando más, hasta que finalmente se quedó dormido. Cerca de donde se encontraba el hombre durmiendo, se hallaba un pastor que cuidaba el rebaño de ovejas. Para pasar la noche lo mejor posible y con más alegría, mientras las cuidaba, cantaba muy descuidadamente, sin prestar mucha atención a lo que sus animalitos hacían. En una de estas, mientras uno dormía y el otro cantaba, las ovejas, aprovechando el descuido, se metieron en la huerta, y acabaron con todo lo que había allí.
En el pueblo de Masueco, al lado de las actuales piscinas, había una pequeña cuadra con pollitos. Un día, cuando los mozos iban de camino a la escuela, un rapaz que era muy pillo, cogió una piedra y la lanzó hacía el corral. Con tan buena o mala suerte, acertó darle al animal, y lo mató.
Los chavales de la escuela que nada se callan empezaron a decir: “El Colao ha matado un pollo”. Cuando la dueña del corral, que era la mujer del médico, se enteró de lo ocurrido, llamó al pequeño rapaz y le dijo: “Te llevas el pollo a tu casa y me traes 10 pesetas”. Cuando el Colao llegó a su casa, le contó a su madre lo ocurrido. No se pudieron negar a darle el dinero a la médica por miedo al “qué dirán”.
En cierta ocasión un señor metió un león en la cuadra con el burro. El pobre asno estaba muy preocupado, ya que pensaba que en cualquier momento iba a ser devorado. El león dándose cuenta del miedo del pobre animal, le dijo: “Tranquilo burro, que no me gusta la carne de burro”.
El dueño marcho a la feria. Habiendo pasado una semana, los dos pobres animales estaban hambrientos. En estas el león le dijo a su compañero: “se te está poniendo cara de cabrito”.